(Sobre Vida de un payaso muerto)
Luciano García contornea el perfil de Anzoátegui, no con un pincel o un carbón, sino con un puñal.
Todo el tiempo juega sornástico e inocente a que esa navaja puede deslizarse y liquidarlo.
Lo observa a través de un espejo. Lo rasura, y lo expone. Y vuelve a verlo. Y más que verlo se ve junto a él. Y más: se define junto a él.
Luciano también nos cuenta la historia de una época y de un país en la que todos los ismos no habían terminado de definir sus trayectorias y sus consecuencias, o recién acababan de hacerlo.
Entonces, no había resignación.
Hacia el final, deja sin rasurarle una mota de barba, ridícula, insensata como un chiste tierno, y definitivo.
Y confiesa que, contemporáneos, hubieran sido enemigos.
Luciano García sonríe desde el espejo, a Anzoátegui, a sí mismo, y a nosotros. Abandona la navaja sobre el taburete y se retira.
Persona cuya ocupación es afeitar, cortar y acondicionar el cabello. Su lugar de trabajo se le conoce como ‘Barbería’ o ‘Casa del Barbero’. Las Barberías eran también lugares de interacción social y discurso público. En algunos casos, las barberías eran también foros públicos. Eran lugares de debates abiertos, servían para expresar la preocupación pública y la participación de los ciudadanos en los debates sobre temas de actualidad. También influyeron en ayudar a formar la identidad masculina. Otras funciones accesorias que desempeñan los barberos son las de mantener el lugar de trabajo limpio barriendo los cabellos del anterior cliente, mantener en buen uso las herramientas y, eventualmente, vender champús, tintes, pomadas y otros productos destinados al mantenimiento y embellecimiento del cabello. “Desconfía del médico joven y del barbero viejo” (Benjamin Franklin (1706-1790) Político, Científico e Inventor Estadounidense)
Textos que nos rescatan
Por Agustín Conde De Boeck
Para hablar de un “canon ausente”, se debe aceptar que pensar la ausencia implica reponer la cuestión del valor. No se ejercen vindicaciones por mero ocio arqueológico: hay que creer que de aquello olvidado o nunca leído dimana alguna clase de valor que justifica el entusiasmo de la exhumación. Hay que creer también que no es uno el que rescata el texto ausente, sino que más bien se invoca esa ausencia, ese fantasma, para que nos rescate a nosotros.
Es más, ¿por qué vindicar a los ausentes y no aceptar la mano invisible del canon? ¿Por qué no aceptar las leyes de ordenación y desordenación con que el canon va disponiendo presencias y ausencias? Sabemos que no existe tal cosa como la lógica intrínseca del valor, que se impondría darwinianamente como motivo de supervivencia cultural.
Pero si hablamos de ausencias, ¿qué define la presencia? ¿La vitalidad editorial, que el libro exista físicamente, dispuesto a la mano del consumidor en librerías? Pero hay libros cuya vida editorial es sólida y persistente, y aun así nunca dejan de ser libros que no se pueden leer, escrituras inasimilables que quedaron pegadas al canon por mor de intereses ajenos a sus propias lógicas interiores. ¿Por qué, por ejemplo, se sigue reeditando a Martínez Estrada, si en realidad nunca hemos empezado siquiera a leerlo? Quisiera nombrar a:
Elías Castelnuovo, mal leído, enquistado como ejemplo escolar del realismo del Grupo de Boedo, cuando debiera en cambio celebrarse su lengua anómala, su gusto estrafalario por lo deforme, su expresionismo radical, su morbosidad gótica.
Ignacio Anzoátegui, su estrafalaria ideología maldita y, como tiro por elevación, la recuperación que hace Luciano García en su libro magistral Vida de un payaso muerto, lo cual reenvía, entrópicamente, hacia todo un proyecto editorial periférico, la rosarina Ediciones del Trinche, apoyada en una antifilosofía cínica cuyos contrapuntos pueden ser Macedonio Fernández u Omar Viñole. Trinche: productora de libros iluminados, destinados a circular en una orgullosa, casi jactanciosa, marginalidad.
Norberto Luis Romero, sobre cuya obra pesa quizás un malentendido. Ubicada en el cono de sombra que a veces se cierne sobre la literatura fantástica escrita en castellano, los alcances de su escritura perversa y distorsiva deberían colocarse en la constelación más productiva que ofrece nombres como Osvaldo Lamborghini, Felipe Polleri, Alberto Laiseca o Mario Bellatin. Signos de descomposición, La noche del zepelín, Isla de sirenas… novelas abyectas, escrituras grotescas e inclasificables que despliegan un espacio de pesadilla, una monstruosidad moral, un universo estragado y regido por extrañas leyes de sadomasoquismo. Un infierno de lascivia demencial que construye un territorio baldío donde la literatura adquiere el rango de un sortilegio.
Alberto Laiseca dijo: “Tarde o temprano todos seremos escritores injustamente olvidados”. No hay que demonizar el olvido o la ausencia. A veces es la prueba de fuego para que retornos mejores sean propiciados.
Canon ausente
Catálogo
Carlos Cavallo
Mate
La vida no tiene importancia
El oficio de escribir duro
La razón de mi diva
Europa 15
Luciano García
La máquina de coser paraguas
El cuerpo, excepto
María García
Las extranias
Fantasticario
Un sexo, el sexo
X al cubo
Dios es argentino
La ruptura del dolor
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Marcelo Neyra
Instrucciones para plastificar un baño
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Adaptarse o Pérez ser
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