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¿Qué se le podría hacer decir, si ello no fuera risible, al extraviado texto de Ignacio Anzoátegui después de la versión lacano-hegeliana del cristianismo católico arrojada por el marxista chestertonizado de Zizek a guisa de cachetada a la posmodernidad dionisíaca o budaica, o bien después del gran parteaguas delegado –frente a los abismos insondables de la Teoría Crítica y el new age– por Sloterdijk en torno a una historia de la filosofía sin filosofemas dirimida entre quínicos pedestres herederos de Diógenes y cínicos ilustres descendientes de Luciano, o aun después de la santa trinidad enunciada por el anti-antiplatonista Badiou formada por filósofos sofistas y antifilósos? Este moroso y negligente vagabundeo con escalpelo descartable y sin hoja –al que le falta el mango– por los textos anzoáteguianos y su contorno, estira una glosa salteada acribillada por salteadoras elipsis donde lenguajeramente tropieza el concepto casual ora con el tropo arcaizante o el giro coloquial, mientras amaga desplegar una larga ristra de inesperadas confrontaciones, que entre fintas ceremoniosas y súbitos golpes ilícitos, ensaya una deslectura al ras de esos y otros saldos, intentando una ética de la escritura para aletear en el vacío de la teología sin dios: el pensamiento, la filosofía. Insólita colisión en Anzoátegui entre Nietzsche y Chesterton; hace del primero el refundador del catolicismo en plena pampa, y del segundo el padre espiritual del eslabón perdido entre los cruzados y el skinhead. De resultas, la crítica contemporánea lo recibe acaloradamente como al dadaísta de la ultraderecha monárquica, el poète maudit del integrismo medievalista, el uriburista avant-garde o el patafísico hispanista del nazi-fascismo.

(Sobre Vida de un payaso muerto) 

por Fabio Crisanti

Leí Vida de un Payaso Muerto (Elogio de Ignacio B. Anzoátegui) de ida y vuelta en el tren a Mar del Plata este fin de semana que pasó.
Luciano García contornea el perfil de Anzoátegui, no con un pincel o un carbón, sino con un puñal.
O mejor, con una navaja, como esos barberos de las películas del cine blanco y negro mudo.
Todo el tiempo juega sornástico e inocente a que esa navaja puede deslizarse y liquidarlo.
Lo observa a través de un espejo. Lo rasura, y lo expone. Y vuelve a verlo. Y más que verlo se ve junto a él. Y más: se define junto a él.
Luciano también nos cuenta la historia de una época y de un país en la que todos los ismos no habían terminado de definir sus trayectorias y sus consecuencias, o recién acababan de hacerlo.
Entonces, no había resignación.
Hacia el final, deja sin rasurarle una mota de barba, ridícula, insensata como un chiste tierno, y definitivo.
Y confiesa que, contemporáneos, hubieran sido enemigos.
Luciano García sonríe desde el espejo, a Anzoátegui, a sí mismo, y a nosotros. Abandona la navaja sobre el taburete y se retira.



BARBERO  (EL HOMBRE QUE NUNCA ESTUVO ALLÍ)

Persona cuya ocupación es afeitar, cortar y acondicionar el cabello. Su lugar de trabajo se le conoce como ‘Barbería’ o ‘Casa del Barbero’. Las Barberías eran también lugares de interacción social y discurso público. En algunos casos, las barberías eran también foros públicos. Eran lugares de debates abiertos, servían para expresar la preocupación pública y la participación de los ciudadanos en los debates sobre temas de actualidad. También influyeron en ayudar a formar la identidad masculina. Otras funciones accesorias que desempeñan los barberos son las de mantener el lugar de trabajo limpio barriendo los cabellos del anterior cliente, mantener en buen uso las herramientas y, eventualmente, vender champús, tintes, pomadas y otros productos destinados al mantenimiento y embellecimiento del cabello. “Desconfía del médico joven y del barbero viejo” (Benjamin Franklin (1706-1790) Político, Científico e Inventor Estadounidense)

«El autor de este libro anota que los lectores son leninistas, se preguntan "¿qué hacer?" con sus lecturas, concordamos: la lectura de un ensayo crítico, tiene que tener alguna utilidad política, entonces, ¿por qué podría interesarnos la figura de Anzoátegui hoy? Si el libro de Luciano García solo se atuviera a narrar las expresiones políticas de un nazi, si se regodeara en lo repugnante de su pensamiento como quien se fascina ante un monstruo de feria, no valdría la pena leerlo. Este libro es un ensayo filosófico que contextualiza, no reivindica a su biografiado ni condena cómodamente, es además el estudio de un estilo, porque Anzoátegui era un escritor original y eso es lo que importa.»

«Luciano García repasa vida y obra sin chantajes efectistas, toma posición, desmitifica, además este ensayo despliega una forma, una expresión literaria, cercana a la de su biografiado, pero limpiándola del óxido chupacirio, modernizándola. El catolicismo de Anzoátegui es leído a la luz de clásicos como Gilbert K. Chesterton y contemporáneos como Slavoj Zizek. Es un libro que excede la biografía, porque lo que persigue es captar el estilo de Anzoátegui, su poética, además de trazar un retrato del nacionalismo antiliberal argentino.»

La Viñole 

 Textos que nos rescatan

Por Agustín Conde De Boeck


Para hablar de un “canon ausente”, se debe aceptar que pensar la ausencia implica reponer la cuestión del valor. No se ejercen vindicaciones por mero ocio arqueológico: hay que creer que de aquello olvidado o nunca leído dimana alguna clase de valor que justifica el entusiasmo de la exhumación. Hay que creer también que no es uno el que rescata el texto ausente, sino que más bien se invoca esa ausencia, ese fantasma, para que nos rescate a nosotros. 

Es más, ¿por qué vindicar a los ausentes y no aceptar la mano invisible del canon? ¿Por qué no aceptar las leyes de ordenación y desordenación con que el canon va disponiendo presencias y ausencias? Sabemos que no existe tal cosa como la lógica intrínseca del valor, que se impondría darwinianamente como motivo de supervivencia cultural.

Pero si hablamos de ausencias, ¿qué define la presencia? ¿La vitalidad editorial, que el libro exista físicamente, dispuesto a la mano del consumidor en librerías? Pero hay libros cuya vida editorial es sólida y persistente, y aun así nunca dejan de ser libros que no se pueden leer, escrituras inasimilables que quedaron pegadas al canon por mor de intereses ajenos a sus propias lógicas interiores. ¿Por qué, por ejemplo, se sigue reeditando a Martínez Estrada, si en realidad nunca hemos empezado siquiera a leerlo? Quisiera nombrar a:

Elías Castelnuovo, mal leído, enquistado como ejemplo escolar del realismo del Grupo de Boedo, cuando debiera en cambio celebrarse su lengua anómala, su gusto estrafalario por lo deforme, su expresionismo radical, su morbosidad gótica. 

Ignacio Anzoátegui, su estrafalaria ideología maldita y, como tiro por elevación, la recuperación que hace Luciano García en su libro magistral Vida de un payaso muerto, lo cual reenvía, entrópicamente, hacia todo un proyecto editorial periférico, la rosarina Ediciones del Trinche, apoyada en una antifilosofía cínica cuyos contrapuntos pueden ser Macedonio Fernández u Omar Viñole. Trinche: productora de libros iluminados, destinados a circular en una orgullosa, casi jactanciosa, marginalidad. 

Norberto Luis Romero, sobre cuya obra pesa quizás un malentendido. Ubicada en el cono de sombra que a veces se cierne sobre la literatura fantástica escrita en castellano, los alcances de su escritura perversa y distorsiva deberían colocarse en la constelación más productiva que ofrece nombres como Osvaldo Lamborghini, Felipe Polleri, Alberto Laiseca o Mario Bellatin. Signos de descomposición, La noche del zepelín, Isla de sirenas… novelas abyectas, escrituras grotescas e inclasificables que despliegan un espacio de pesadilla, una monstruosidad moral, un universo estragado y regido por extrañas leyes de sadomasoquismo. Un infierno de lascivia demencial que construye un territorio baldío donde la literatura adquiere el rango de un sortilegio.

Alberto Laiseca dijo: “Tarde o temprano todos seremos escritores injustamente olvidados”. No hay que demonizar el olvido o la ausencia. A veces es la prueba de fuego para que retornos mejores sean propiciados.


Canon ausente

Perfil, agosto 15, 2021


Catálogo


Carlos Cavallo


Mate

La vida no tiene importancia
El oficio de escribir duro
La razón de mi diva
Europa 15
El payador paranoico -y otros
Por un texto así
Narranadas
Cómo romper un vínculo
Perdón Borges
La verdad sobre la balsa
La jouissance peronista


Luciano García

La máquina de coser paraguas

El cuerpo, excepto
Impertenencias
Vida de un payaso muerto
Poses de ausente
Mi vida fascista y yo
Omar Viñole, antiescritor y antifilósofo

María García


Las extranias
Fantasticario
Un sexo, el sexo


X al cubo

Dios es argentino
La ruptura del dolor
El Antilíder


Javier Fernández Paupy

El último cíber
Un agujero lleno de basura

Gustavo Calandra

Barricada
La mística invicta

Johanna López Santos

Nimo... descuidos de un creador

Marcelo Neyra

Instrucciones para plastificar un baño

Ernesto Gallo

La libido disfrazada de anafe

Leandro Alva

El maxilar de Gardel

Rolando Pérez

Pinchus

Enrique Quinteros

Yo era César Aira

Ezequiel González

Filosofía menor y petisa

Lux Lindner

Notas para una argentinística y otras páginas

Cai Olagán Ruci

Adaptarse o Pérez ser
Un 5 mejor que d10s
Jorgito Tamagno
Pérez vuelve