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EL OFICIO DE ESCRIBIR DURO

Carlos Cavallo



Carlos Cavallo se ha propuesto desde el inicio de su carrera literaria jamás corregir, un principio que ciertos escritores demasiado famosos han hecho vulgar, o ciertos escritores demasiado vulgares han hecho famoso. Para Cavallo “la vulgaridad es un lujo”, y la fama, la fama puro cuento. Pura novela, pura reseña de Ñ, puro paper de Escuela de Letras. Es decir, géneros. Ambientes irrespirables para nuestro autor que propone, au contraire, el fraseo perpetuo de la continuidad del fragmento, lo que llama “el aforismo de arco a arco”. Sólo el fragmento puede mostrar el continuo. No es la obra; pero tampoco ‘el procedimiento’. Lo esencial es invisible ¡hasta a lo ojos! Menos que menos es la música, esa burrada provinciana de los que todavía creen que tiene algún sentido seguirse proyectando en el mito fundacional de tándem maricón Rimbaud-Verlaine. Escribir más rápido de lo que el lector pueda leer. Por más entrenamiento anaeróbico lactácido, “velocista nace, no se hace”. En este caso, el de El oficio de escribir duro, Carlos traiciona su último Leitmotiv y se arroja a la experiencia de una escritura sin interrupciones pero lenta, después de haber fatigado la escalera descendente del velocismo escritural, sin por ello dejar de “fatigar el atletismo”, la patografía aunque más no fuere por deporte. 

Este prólogo comodín fue escrito hace algunos años para la publicación de La vida no tiene importancia, obra máxima por entonces de C.A.C., sin embargo finalmente rechazada no sin antes haber sido rechazado su prólogo -incluso por el autor. El prólogo no pereció; la obra sin embargo permanece desaparecida.



Carlos Cavallo, un escritor malito


Conocí demasiado o demasiado poco a Carlos Argentino Cavallo, alias Carlomismo.
Para mí tenía un mérito insoslayable. Yo que lo espiaba escribir -de vez en cuando, en su cuarto, excluido- puedo decirlo con veracidad. Él no se quejaba de que alguien, de que un escritor, escribiera mal, sino de que escribiera lento. (¿Cómo escribe? preguntaba. Presto ma non troppo contestaba yo por caso) Y Carlos Cavallo, lo juro, escribía más rápido de lo que el lector lee. Terminaba siempre antes; cuando íbamos por el segundo párrafo ya había terminado. No le preocupaba el lector abandónico, que el lector se fuera, -ese temor de tantos escritores- porque él ya se había ido antes.
Y eso lo hacía quedar victorioso para él, creyendo que dejaba solo al lector, perdido, con su derrota en los ojos.

Se consideraba ambidiestro y bimanco. En realidad era bizurdo. Tenía dos zurdas, en falta. “Las tengo, pero en falta” decía, siempre pensando a sus órganos como elementos propios de su ser de escritor, considerado como un negocio. Como una fábrica de baldes, decía, ese es mi negocio.

Lo conocí como una persona sumamente alegre, casi brasilero. Sólo sufría al escribir, como todo zurdo. Y en este caso por dos… (“con el número dos nace la pene” decía…)

Para escapar a ese hado de desgracia, pasó pronto a la máquina de escribir –que él llamaba “Hombre” y se declaraba prolongación y aprendiz de apéndice de su máquina –y, cuando aparecieron, a las pecé, a los ordenadores. “Yo no pongo nada, todo me lo dicta mi ordenador” me confesó en castizo posmo un día. Como se ve, era un hombre que detestaba todo lo que no fuera un “lugar común”. Como él decía, había pasado del P.C. – en los 70, niño militante era - a la P.C., todo por un lugar común.

Y como se sabe, fue un genio del plagio. Y del camuflaje. Se camuflaba plagiando, para decir cualquier cosa y pasar inadvertido, titiriteando a algún muerto vigente.

Ambidiestro (bisiniestro bah) y bimanco. “Póstumo y precoz, y póstumo precoz; pero no escritor”, me confesaba. Se decía “tecladista”, no escritor (“más que escribir toco el órgano”), y tipeaba a la velocidad de esos tecladistas del rock sinfónico de los setenta. Era maravilloso verlo. Quien no lo haya visto teclear – ni oído el tecleo– no podrá entender nunca su literatura, ni saber su sabor ni alcanzar a disfrutarla o comprenderla, porque todo estaba ahí, ahí en el acto. No sé si el que lea sus papeles con la distancia y ausencia, con la diferición que supone todo leer normal, podrá disfrutar y justipreciar en algo su obra. Yo sólo la leo para poder revivir en el oído la polirritmia impresionante de su mecanografía, y la magia de la fuga de sus manos zurdas en los ojos asombrados.

Pero era bimanco, dijimos; no tenía con qué escribir. Por eso se hacía llamar “El Editor”…

“La vulgaridad es un lujo” escribía Carlos Cavallo. Por eso creo que merecerá este prólogo.

Manuel Di Leo
Luzmela, 2006

Catálogo


Carlos Cavallo


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