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Ezequiel González, alias Keki, autor de esta pieza o más bien personaje principal, ve a la filosofía de reojos –como diría Chamico–, y desde los últimos pupitres de algún aula del Conurbano, le estampa entre risas un cartucherazo directo a la sofisticación y solemnidad de la casta sapiente, y de cuanto impostor, documentado o no, circule por la otra vereda. Tiene la impunidad didáctica de los petisos, de los que operan desde abajo, y la inmunidad que ofrece ese copioso don que en estas pampas Gombrowicz llamó «inmadurez», y en París más bien llaman «minoridad». Cada dos barbaridades que dice, una es verdad y la otra Dios dirá. Keki es el último de los blogueros vírgenes. Escribe un tipo de autoayuda («de otros» diría Macedonio) con mañas que parecen venir de las aguafuertes de Arlt o de las diatribas de los viejos cínicos de la Hélade. «Este libro está dedicado a los que no se reciben, a los que abandonan. Dedicado a los que no se creen eso de existir como una obligación. A los que se toman la vida en joda. Porque ahí hay una filosofía que me interesa. Y riendo es que volvemos a la guerra para darles con todo lo que tenemos…»

 

[Antes y después de Keki, según Esteban González Pisano]

 



Ezequiel González (Conurbano Light, 1983). O para el vulgo Keki. Bloguero misceláneo sub specie escritor-filósofo o pitufo con motosierra. Nótese en foto en evidente pose cogitativa. Despachó en forma de bólidos con lomo La mejor parte del amor, Las cosas de aquí abajo, Teoría del suelo, y demás asombros y desvíos. Y así por ahora es inmortal. Hasta nuevo aviso.   


 



El cuello de Goliat

(Filosofía menor y petisa, Ezequiel González, Ediciones del trinche, Rosario, 2020)

Por Alejandro Parada

Así como existe la cintura cultural piamontesa entre el sur de Córdoba, Santa fe y Buenos Aires, la capital posee su bufanda y lazo: casi la mitad de la población del país habita el conurbano que asfixia la cabeza de Goliat. Allí, en esa expulsión del campo al barrio, para que la pampa siga el rinde de los granos exportables, la gran masa se piensa a sí misma en un corral alrededor de plaza, intendencia, iglesia, escuela y funeraria. De ahí al margen y su margen. ¿Qué noción aparece? Un nuevo infinito. En donde el autor grafica la decepción del conocimiento, el ahogo por la sumisa educación, donde se tejen tanto la reiteración del destino como la infamia del olvido. Más que irreverente, González toma posición de combate: enuncia que el lenguaje es una apropiación cuya sabiduría radica en pensar. Hacer el pensar, desbaratar la farsa.

Testimonio del segundo decenio de este siglo, cada texto aborda de Nietzsche a Houellebecq, de Kant a Borges, nadie queda a salvo porque la nave va, sigue su traza pensando. El rastro es subvertir el orden. Si los enunciadores se adjudican un rol de dioses carenciados, pero asertivos, desde el yuyo, rincón o esquina, hay un retruécano que tala el bosque para perdurar el desierto. A qué vamos dijeron los ciegos pintados por Brueghel, bien, a la muerte en carnaval dichoso. En el abismo está la diferencia, cómo llegamos a él, con qué dignidad, con qué paz. Esta retórica es resultado de la lectura. La filosofía menor es un ejercicio de resistencia, como para bajarle el copete a esa plebe poderosa que se cree el centro dominante. Una rebelión objetiva, humilde, que reniega de la pobreza, como de la fe ciega: Troya o el primer barrio privado.

Perfil Cultura, 14 de febrero, 2021


(Material no apto para puaneros)


No sé cómo podrá ser leída esta pieza: ¿una introducción a la filosofía, a su problemática y su historia, orientada a un manojo de pibes de barrio, atónitos o insensibilizados, amontonados en una esquina del Conurbano sur? ¿Una risueña venganza de clase disparada a la circunspección del saber, de la episteme que acuñó Platón hace 2300 años, a los ceremoniales de una casta cansada que detenta el poder de administrar el ser y la emancipación del conjunto de los pobres tipos, necios o humildes, que habitamos al mayoreo la aridez de este mundo? ¿La bitácora del viaje existencial e intelectual de un alumno despistado o aburrido que se entretiene haciendo muecas con el de al lado en los pupitres periféricos del aula de un instituto suburbano? ¿Es esto humor? ¿Autoayuda? ¿Filosofía literaria o viceversa? ¿Es Keki González el Montaigne de Banfield?

Esa es a grandes rasgos su tradición, aquella en la que acontece un juego masticatorio y autorreferencial entre los saberes heredados cultivados o circulantes y la experiencia cotidiana, íntima y social, el despelote entre la atemporal telaraña de los anaqueles y la urgencia brutal de la vida.

Claro que este González entre tantos no es un funcionario prestigioso ni un señor feudal que reside en el atrio de un castillo pasando el plumero a una extraordinaria biblioteca cotizada en dólares. Habita esa misma tradición bimilenaria de guerrilleros sardónicos enemigos de los modales de la Academia y el Liceo –ya demasiado estudiada desde que puso el ojo en ella Peter Slotedijk con una Crítica de la Razón Cínica en el bolsillo–, pero del lado de abajo; pertenece al bajofondo de la filosofía como un homeless cultural cuyo carnet no viene sellado por la Pitman del Divino ateniense, sino que es más bien un dud check despachado con el talonario del roñoso de Diógenes, célebre adulterador de la moneda. O remitido por la nueva Universidad Sin Techo de Omar Viñole, otro célebre adulterador de diplomas doctorales. Keki forma fila en el bando descamisado de los cínicos pobres, llamados quínicos para que el público los distinga de la runfla con abolengo nieta de Lucianus, aquel jurisconsulto sirio pero no serio. La franqueza –parresía o παρρησία para los finos escoliastas de Michel Foucault de la Academia.edu–, ese es su fuerte. Desembuchar sin florituras, ser la mala conciencia del dandismo de cátedra de consultorio de after office o de toda la camarilla de barbudos con complejo de élite y estreptococos de suplemento cultural dominical.

Pero González es también un dulce, no solo un desfachatado. Amortigua de vez en cuando la pavura y el descorazonamiento con una ternura cristiana a prueba de balines y un optimismo a cielo abierto. Su folletería se aúpa tanto en Arlt como en Discepolín y parece un performer gramatical extraído de una sempiterna Década Infame. Le hicimos un análisis de ADN nacional –no el apéndice libresco de La Nación, se entiende– y se demostró que tenía en sangre a Scalabrini, Blaisten, Dolina, Wimpi, Viñole y demás roídos próceres del Plata de los que no cobrará un Peso Ley, Austral ni Patacón. Se me hace que su escuela de la sospecha abreva más en esos prácticos de cabotaje que en aquel insigne tridente de alemanes retobados. Un poco de aguafuertes, de anticonferencias, de crónicas de hombre sensible, y de esa nipona arborescencia escala maceta que nos gustaba cultivar en nuestras Casas para no enterrarse tanto entre rizomas tuberculosos. Ezequiel González es ya un viejo bloguero de las últimas poblaciones de la WWW: un narrador anónimo de la World Wide Web y no el redactor estrella de El Mundo o del Olé. Nos corre con ventaja.

Y así las cosas le apunta al elenco completo: filósofos y no-filósofos, sofistas y no-docentes, monotributistas de maxi-kiosco o figurones con aura planetaria: la comparsa de zombis y tilingos nos lleva a todos del brazo. Y entre la queja y la barrabasada encuentra la gracia y saca en un pase fugaz de magia alguna revelación o maravilla o una súplica al lector, nuestro amigo imaginario. A ese falso cómplice también se le narra otra trama, en verdad más gremial o universal que confidencial: la vieja y solapada cuestión, anterior al fundamento, que oprime al filósofo sin filosofía: el amor a Sofía o a la Otra. Elijas a la que elijas, dijo Sócrates o dijo Kierkegaard, tarde o temprano te arrepentirás (lo que aplica para cualquier cosa en este valle de lágrimas cómico). La vida o la lectoescritura, la metafísica o el levante, Sócrates o Don Juan, la rumia u Homero Simpson…

Habrá que incrustar acá que nuestro autor no conspira contra cánones y capillas desde la baticueva de una secta de estratégicos puaneros, ni toma distancia cínica de la biblioteca heredada de papá post-Nestum. Guarda al contrario una gratitud festiva para con la cultura del saldo y el usado, amasada con fascinación y sacrificio, y con ella en manos arma una previa de viernes a la noche, una juntada melancólica y virtual con más libros que birra y pizza, en la cual la filosofía la literatura y el cine chapotean alegremente junto al fútbol la tele y el trabajo.

Una filosofía menor y petisa será entonces una filosofía que resiste hidalgamente la mayoría de edad que reclamaba la ilustración kantiana, una filosofía de juvenilia bardera, que desoye el consejo de Hegel, ese que decía que la edad adecuada para filosofar es la vejez. Y en cuanto a lo bajo, menos que evocar a esa tradición muy francesa de paladines del pensamiento que va de La Náusea al El Anti-Edipo o la Arqueología del Saber, me trae a la mollera el siguiente alegato. “¿Qué pasa con los petisos?” le preguntó una vez un periodista a Cachilo, el poeta y croto vanguardista que escribía su obra con ceritas meadas en las paredes del centro de Rosario allá en nuestra infancia. “Y… –contestó– se creen que son siempre pibes y se tiran a panchos”… “¿Qué le dirías a la juventud rosarina?” –insistió el reportero queriendo virar de tema–. “Nada, yo no tengo que decir nada, porque soy de estatura baja, 1,70. Y de 1,50 a 1,70 no opinamos más nada, no decimos nada porque se enojan los grandes, los grandotes. Son ellos los que tienen que dar la impresión, porque son ellos los que castigan…”

No sé qué efecto provocaría esta forma banfileña de inmadurez o minoridad filosóficas en Gombrowicz, ni este petisismo metafísico en Macedonio, cuya estatura empezaba por los pies al mismo tiempo con la del Toro de las Pampas Firpo, pero por arriba dejaba “suficiente espacio hasta el cielo”; ni tampoco qué pensarán los enemigos de las alturas platónicas referenciados en el moderado carnaval de Gilles Deleuze.

Que se jodan también ellos.

Esto también es para todes y ningunes.


Catálogo


Carlos Cavallo


Mate

La vida no tiene importancia
El oficio de escribir duro
La razón de mi diva
Europa 15
El payador paranoico -y otros
Por un texto así
Narranadas
Cómo romper un vínculo
Perdón Borges
La verdad sobre la balsa
La jouissance peronista


Luciano García

La máquina de coser paraguas

El cuerpo, excepto
Impertenencias
Vida de un payaso muerto
Poses de ausente
Mi vida fascista y yo
Omar Viñole, antiescritor y antifilósofo

María García


Las extranias
Fantasticario
Un sexo, el sexo


X al cubo

Dios es argentino
La ruptura del dolor
El Antilíder


Javier Fernández Paupy

El último cíber
Un agujero lleno de basura

Gustavo Calandra

Barricada
La mística invicta

Johanna López Santos

Nimo... descuidos de un creador

Marcelo Neyra

Instrucciones para plastificar un baño

Ernesto Gallo

La libido disfrazada de anafe

Leandro Alva

El maxilar de Gardel

Rolando Pérez

Pinchus

Enrique Quinteros

Yo era César Aira

Ezequiel González

Filosofía menor y petisa

Lux Lindner

Notas para una argentinística y otras páginas

Cai Olagán Ruci

Adaptarse o Pérez ser
Un 5 mejor que d10s
Jorgito Tamagno
Pérez vuelve